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Disfrazado de vendedora de manzanas, Zeus, contemplaba satisfecho a sus hijos en la Tierra. No eran más que simples muñecos de barro cuando los ideó, y pensaba que se había esmerado mucho dándoles aquella apariencia. Siempre los hacía del mismo modo, metiéndolos en una cajita de metal que ponía al Sol sobre una ventana del jardín del Olimpo. Pasado un tiempo, una hiedra mágica de su floresta los rodeaba y dejaba libres sobre la Tierra. Durante el proceso, las figuras sólo podían contemplar los cambios de estaciones, deseando que, en algún momento, llegara su planta para poder salir de aquel encierro metálico. Es por esto cada vez que entramos en un ascensor, irremediablemente, hablamos del tiempo.

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