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II festival de blues de alicante

¿Qué es el blues y por qué debería encantarte?

Comencé a escribir este artículo como tres días antes de que empezara el Festival. Creo que es el estrés. La visión de un domingo de página en blanco, intentando inspirarme con Howlin´ Wolf y bebiendo cerveza a traguitos, me estaba espantando; aunque todavía había algo peor: la misma escena, en lunes. ¿Hay algo más blues que un lunes?

Tengo debilidad por esta música. También es verdad que me gusta más el británico que el americano. Lo que significa que, de algún modo, me gusta más el blues “blanco” que el “negro”; aunque la mayoría de las veces depende de cómo haya dormido el día anterior.

Te voy a ahorrar la perorata de que el blues es negro, de que es la música de los esclavos norteamericanos traídos de África; gente que aliviaba la tragedia de su vida espantando los horrores de la plantación con melodías sencillas y emocionales. En definitiva, un canto espiritual acompañado por una cuerda de acordes que se repiten y resuelven de una forma muy similar a la de un mantra. ¿Había dicho que te iba a ahorrar la perorata, verdad?

Para mí, el blues, independientemente de su interpretación; y aquí si soy muy negro, es Otis Rush: un hijo-de-puta indigente, al que no le gusta en absoluto serlo, y que se burla de sus apuros expiándolos a través de bramidos hipoglucémicos. Otis consigue que el dolor, el odio y el exorcismo suenen a truenos y relámpagos con los estentóreos crujidos y gruñidos que hace la tierra al quebrarse. Rabia y amor. Una música para conseguir lo que anhelas, perdiendo lo que tienes, como diría Little Richards.

Durante un buen puñado de años tocar blues fue lo más. Hablo de los ´50´s y ´60´s. Años en los que el entretenimiento musical conectaba de verdad con la fibra de la gente. Un periodo en el que la oferta de ocio era tan limitada que aún se podía enfocar gran cantidad de energía en las pasiones. Hoy en día, con los mercados y las ofertas saturados, parece más una música protegida. Un exótico animal en vías de extinción que, por fortuna, algunos tozudos se empeñan en mantener viva a base de festivales o asociaciones, desarrollando así una labor tan encomiable que merece el mayor de los respetos.

Es posible que las personas hayan dejado de empatizar con ciertas músicas porque les cueste conectar con determinados sentimientos. Tal vez sea debido al consumo masivo de mercadotecnia o a la incipiente robotización del ser humano; pero es así. También es posible que el propio Otis Rush nos avisara ya de todo esto en 1971 cuando compuso “Right place, wrong time” y, definitivamente, este sea el mejor lugar para unos tiempos de mierda. No sé. Puede que lo importante, después de todo, sólo sea tener salud.

Y dicho esto, ¿Por qué crees que debería encantarte el blues? Desde luego no para ser adminitd@ en un club donde te recibirán con los brazos abiertos y te sentirás, al fin, aceptad@; para eso ya está el punk o el heavy (ambos estilos apasionantes, por otra parte), sino porque, tal y como están las cosas, es fundamental evitar esas voces que creen que todo el comportamiento humano se reduce a una fórmula. Esa que acabe por evitar que te conozcas un poco mejor. Y a esto, el blues, siempre estará dispuesto a ayudarte. Por tanto, no lo dudes, el blues te hará libre. De eso se trata.

¡Nueva Orleans en el Pla!

Para profundizar aún más en esta idea, el 22 y 23 de marzo de 2019, se ha celebrado el II Festival de Blues de Alicante y ha sido un éxito. Y para esto no hay que darle las gracias a Dios, sino a la Sociedad Blues de Alicante. Gente ejemplar comprometida con el arraigo y el desarrollo de esta música como un tour de force que, si se hiciera con otros estilos, ayudaría mucho a la búsqueda del grial artístico más deseado: una escena potente junto un público fiel. Y te aseguro que no es un mito porque hay gente que sí sabe cómo hacerlo.

El sentido de todo el Festival lo resumía un cartel sobre la fresquera de las bebidas en la Caja Negra: “el dinero de la recaudación se destinará íntegramente a la promoción del blues en la provincia”. ¿Has visto muchas veces esto en un concierto? Cualquiera, de hecho, podría pensar que un cartel así sería el eslogan perfecto para un evento tímido al que sólo acudiría la versión zombi de John Belushi y Dan Aykroyd; pero nada de eso. Sold out los dos días y un ambiente tan especial que me hizo querer formar parte del club para acudir a más conciertos. Una afición que había perdido hace cuatro años tras otro tipo de festival en el que llegué a pensar que sí es posible morir de aburrimiento.

El cartel lo formaron bandas de Alicante, Benidorm, Valencia y Madrid; además de otras formaciones formidables que amenizaron a los presentes en el anfiteatro del jardín urbano al aire libre (Fermenter´s Blues, C&A Blues y Shot Blues) junto a una serie de actividades, mesas redondas y presentaciones de libros. Una experiencia, en general, tan agradable y accesible que no me sorprendió ver a gente de todas las edades, algunos dispuestos a bailar frente al escenario (sí, el blues se baila. Lo único que no puedes bailar es a Vangelis y al Scott Walker del Tilt; en paz descanse…).

Un sonido excelente, mucho blues de Chicago (armónica a cascoporro) y nadie molestando con alguna de las infinitas formas de que dispone el ser humano para incordiar.

Los bolos de la Caja Negra arrancaron el viernes con un combo exclusivo, formado para la ocasión por músicos de la Sociedad Blues de Alicante: Victor Jordá (voz y guitarra), Ñoco Goñi (armónica), Héctor Volpe (bajo) y Rubén Marcet (batería). Blues de Lousiana, Chicago y Mississippi. La inmediatez de la armónica (Goñi estuvo sobresaliente) y los efluvios del pantano al lado del Mediterráneo. Slim Harpo, Muddy Waters o Albert Collins, planearon por la sala en un concierto que subió la temperatura varios grados y que fue ideal como prefacio a todo lo que habría de venir después. Fue, además, un perfecto mapa sonoro para quien no estuviera muy familiarizado con un repertorio de estas características.

La recta final de la noche la bordaron los valencianos Lazy Tones. La garganta aguada y pantanosa de Pere Peiró (guitarra y voz), el contrabajo de Capitán Wilson Puerto, la omnipresente armónica (Jorge Gener) y la única aparición de un pianista en todo el festival (Gabriele Del Vecchio). Un viernes redondo.

the lazy tones festival de blues internacional de alicante

reverend wetfinguer festival de blues de alicanteEl sábado me llenó de júbilo una conversación con Víctor Jordá (guitarrista y presidente de la SBA) minutos antes de entrar a ver a Reverend Wetfinger. “¡tío, hemos hecho sold out!”. Yo no podía creerlo… Nuestros abrazos de entrega, no obstante, eran observados con lágrimas desde la calle por mis amigos. Esos amigos que disfrutan dejándolo todo para el último momento y que, naturalmente, optaron por dejarme allí solo. ¿Hay algo más blues que ver un concierto de blues… solo, apoyado en una barra y pensando en que BB King podría haber compuesto su “Key to the highway” a unos amigos muy parecidos a los míos?: I got the key to the highway, billed out and bound to go, i’m gonna leave here running, walking is most too slow. (Tengo la llave de la autopista, expulsado y obligado a irme, voy a largarme de aquí corriendo porque andar es demasiado lento). “¡¿Quién los necesita!?”, pensé mientras sonaba “Hoochie coochie man”, un tema de Willie Dixon y una de las piezas de blues más versionadas de la historia (Hendrix, Stones…).

 

El calorcito suave del slide, la música del Delta; ¡Nueva Orleans en el Pla! Un goce que lubricó la noche dejándola en óptimas condiciones para acomodar a Velma & Bluedays; ojo, ella es la sobrina de John Lee Hooker (hats off). Velma apareció enfundada en un traje de noche cubierto de lentejuelas, tímida al parar la música, una fiera cuando sonaba el primer acorde.

Los Bluedays son la banda perfecta. Un sonido prístino, sin excesos ni individualidades; la perfecta máquina en la que todos trabajan al servicio de los demás. Y tan bien engrasados que casi se podían ver los hologramas de Muddy Waters y Otis Rush (padre putativo de Peter Green).

velma & bluedays en el II festival de blues de alicante

Más blues de Chicago, cargado de armónica, a dos guitarras (los primeros en colgarse una stratocaster. Hasta el momento la telecaster había sido la extensión natural en los brazos de todos los guitarristas del Festival). También hubo cortes propios realmente divertidos, precedidos por breves y encantadoras introducciones narradas por Jorge Otero “Jafo”, el bajista.

Siempre he pensado que el público merece saber el porqué de algunos títulos, la historia tras las canciones; es lo que creo que diferencia un concierto del soporte físico. Esa noche disfruté realmente de lo que considero que es el epítome de verdadera banda, sea de blues o de cualquier otro estilo.

Terminó el Festival y de vuelta a casa me acordé de la primera vez que entré en contacto con el blues. Fue en 1986, con 8 años, cuando vi en el cine la película “Crossroads”. Aún recuerdo como mi cabeza infante giró 180 grados con aquel pastiche bluesy entre Karate Kid y Fausto. Hoy, casi nadie la recuerda y lo cierto es que, para mí, fue una película bastante valiente para la época: una versión infantil sobre la famosa leyenda de Robert Johnson y la venta del alma al diablo en un cruce de caminos. Eso sí, metiendo con calzador a Steve Vai como discípulo anodino de Belcebú. Una curiosidad que, además, tenía firmada su banda sonora por el gran Ry Cooder.

Pese a mis esfuerzos en los años que siguieron a su visionado, jamás aprendí a tocar decentemente ni un bending en la guitarra. Nunca me importó. Lo realmente interesante fue asimilar un concepto tan genuino que me ayudó a entender mejor que clase de persona quería ser. Y para eso, el blues, siempre ha estado dispuesto a ayudarme.

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